Este fin de semana me ha tocado asistir a una boda. Y digo tocado porque más bien ha sido por compromiso que por afinidad con los que se casaban, por lo menos actualmente.

Pese a que al fin y al cabo me lo pasé bastante bien entre cervezas, cena, copas y baile, no me resisti a pensar que todo aquello, lejos de ser una celebración, era más bien un negocio.

Todos los acontecimientos que se sucedieron, y que generalizo sin mayor problema, estaban completamente acotados y eran más que previsibles, algo que choca con lo que tengo en mente de la celebración de cualquier evento, donde a pesar de tener las cosas más o menos planificadas siempre hay un buen margen para la improvisación.

Para empezar, la celebración de la boda, ya sea por lo civil o por lo religioso, tiene que estar acordada con mucho tiempo de antelación con la iglesia o el juzgado en cuestión, siempre que no tengas ningún contacto que pueda ayudar a acelerar la marcha. A continuación del “sí quiero”, sesión de fotografías con la pareja de novios en la que ellos están más pendientes de salir bien que de recibir las felicitaciones de los invitados, quitar globos/post-its/papel del coche nupcial, más fotos, y unas horitas de espera hasta el siguiente punto.

Tras este pequeño trámite, que en realidad es la boda, viene una copiosa pero clásica comida de muchos platos combinados sin sentido entre sí y que, en la mayor parte de los casos, nadie se puede terminar. Tarta, regalos, “vivan los novios” y a terminar con un baile en el que el objetivo principal de la gente es beber tanto como pueda pero sin pasarse de la raya, que al fin y al cabo, es posible que haya algún familiar vigilando.

“Enhorabuena”, “que vaya bien el viaje”, y se acabó. Unos cuantos euros menos en la cartera del invitado y una celebración que en realidad no lo ha sido. El “qué bien, me han invitado a su boda” de hace unos cuantos años se ha transformado en un “espero que no me inviten que no voy bien de dinero para el regalo” de hoy en día.

Me valgo de la boda a la que he asistido recientemente para realizar este comentario aunque no por ello la critico en particular. Desde aquí les deseo toda la felicidad del mundo a esta pareja (a los que, por cierto, sí veía muy enamorados, algo que no es tan frecuente ver en las bodas) y les agradezco la invitación.

Me tomo la licencia, además, por unas palabras del novio unos meses atrás en las que decía “no, a ellos no les invito porque no me sale rentable”. Como es de comprender, entre unas cosas y otras, tengo motivos para pensar que en realidad las bodas de hoy en día son parecidas a un negocio.


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